martes, 26 de diciembre de 2023

DON JOSÉ Y EL PERRO DE LA CALLE

 El perro que trajo la alegría

En un pequeño pueblo de Uruguay, vivía un anciano llamado Don José. Don José era un hombre muy amable y cariñoso, pero desde que había perdido a su esposa, estaba muy triste y solo.

Todos los días, Don José iba al parque a sentarse en una banca a leer un libro. El parque era su lugar favorito para estar tranquilo y pensar.

Un día, Don José estaba sentado en la banca cuando vio a un perro callejero que se acercaba a él. El perro era un labrador amarillo, muy amistoso y juguetón.

Don José se asustó al principio, pero el perro se acercó a él con la cola en alto y empezó a lamerle la mano. Don José se sintió conmovido y le acarició la cabeza.

El perro se quedó con Don José durante todo el día. Jugaron al frisbee, pasearon por el parque y charlaron. Don José se sintió muy feliz de tener compañía.


El día siguiente, el perro volvió al parque. Don José ya lo esperaba y le dio la bienvenida con un abrazo. El perro se convirtió en un visitante habitual del parque y Don José estaba muy contento de verlo cada día.

El perro le daba a Don José la compañía que necesitaba. Le hacía reír y le recordaba que la vida todavía valía la pena.

Un día, Don José estaba sentado en la banca leyendo un libro cuando el perro se le acercó con una pelota en la boca. Don José le lanzó la pelota y el perro la trajo de vuelta. Don José se echó a reír y le acarició la cabeza.

«Gracias, amigo», dijo Don José. «Me has hecho muy feliz».

El perro ladró y se sentó a los pies de Don José. Don José le dio un abrazo y siguió leyendo su libro.

El perro era un regalo del cielo para Don José. Le había traído la alegría y la esperanza que necesitaba para seguir adelante con su vida.



La fibromialgia y mi historia de Superación

 Pocos saben lo que es la fibromialgia y la lucha personal que supone todos los días levantarte de la cama y pelear para salir adelante con un dolor crónico, un dolor que insoportable ante el cual muchos caen rendidos. Y con esta enfermedad siempre surgen rayos de esperanzas, en este caso te contamos una historia real, una historia de Superación Personal en donde a pesar de que le dijeron que no podía y se llevaron una sorpresa.

Marta, la tapicera que se enamoró del running

Marta era una mujer de 40 años que trabajaba tapizando muebles en un taller familiar. Desde hacía varios años, sufría de fibromialgia, una condición que le causaba dolores generalizados y agotamiento. A veces, le costaba levantarse de la cama y realizar sus tareas cotidianas. Otras veces, se sentía deprimida y sola, sin ganas de salir ni de relacionarse con nadie.

Marta había probado varios tratamientos para su fibromialgia, pero ninguno le había dado resultados satisfactorios. Los medicamentos le provocaban efectos secundarios indeseables, como somnolencia, mareos o náuseas. Las terapias alternativas le resultaban caras e ineficaces. Los ejercicios le parecían aburridos y dolorosos.

Un día, mientras caminaba por el parque cerca de su casa, Marta vio a un grupo de personas haciendo ejercicio al aire libre. Eran hombres y mujeres de diferentes edades y condiciones físicas, que corrían por los senderos del parque con ropa deportiva y zapatillas. Algunos llevaban auriculares y escuchaban música. Otros charlaban animadamente entre ellos. Todos se veían felices y saludables.

Marta sintió curiosidad por ese grupo de corredores. Se preguntó cómo podían disfrutar de una actividad tan exigente y cansadora. Se acercó a uno de ellos, que estaba estirando sus músculos en un banco, y le preguntó:

  • Disculpe, ¿ustedes son parte de algún club o algo así?
  • Sí, somos el Club de Running del Parque. Nos juntamos todos los martes y jueves a las seis de la tarde para entrenar juntos. ¿Te interesa?
  • Bueno… la verdad es que nunca he corrido en mi vida. No sé si podría hacerlo.
  • No te preocupes, aquí hay lugar para todos los niveles. Hay principiantes, intermedios y avanzados. Cada uno corre a su ritmo y según sus objetivos. Lo importante es divertirse y cuidar la salud.
  • ¿Y no les duele nada? ¿No se lesionan?
  • Al principio puede doler un poco, sobre todo si no estás acostumbrado. Pero con el tiempo se va pasando. Lo importante es calentar bien antes de correr, estirar después y usar un calzado adecuado. Y si tienes alguna lesión o molestia, lo mejor es consultar con un médico o un fisioterapeuta.
  • Ya veo… Y ¿qué beneficios tiene el running?
  • Muchos. El running mejora el sistema cardiovascular, fortalece los músculos, quema calorías, reduce el estrés y aumenta la autoestima. Además, te ayuda a conocer gente nueva y a hacer amigos.
  • Suena bien… ¿Y cómo puedo unirme al club?
  • Es muy fácil. Solo tienes que venir los días que entrenamos y traer ropa cómoda y zapatillas deportivas. No hace falta pagar nada ni inscribirse en ningún lado. Solo tienes que tener ganas de correr y de pasarlo bien.
  • ¿En serio? ¿Así de simple?
  • Así de simple. ¿Te animas?

Marta dudó un momento. No estaba segura de poder correr ni siquiera un kilómetro. Temía que su fibromialgia le impidiera disfrutar del running. Pero también sentía una chispa de ilusión y de desafío. Recordó que una de sus amigas, que también tenía fibromialgia, le había contado que el running le había cambiado la vida. Le había dicho que le había ayudado a aliviar sus dolores, a mejorar su ánimo y a sentirse más fuerte y feliz.

Marta respiró hondo y se dijo a sí misma:

  • ¿Por qué no? Al fin y al cabo, no tengo nada que perder y mucho que ganar. Tal vez el running sea lo que necesito para mejorar mi salud y mi calidad de vida.

Y así fue como Marta se unió al Club de Running del Parque. Al principio, le costó adaptarse al ritmo y a la intensidad del ejercicio. Se cansaba rápido y le dolían las piernas, los brazos y la espalda. Pero con el apoyo y el ánimo de sus compañeros, fue progresando poco a poco. Fue aumentando la distancia y la velocidad de sus carreras, y fue notando los beneficios del running en su cuerpo y en su mente.

Marta empezó a sentirse más ágil y más ligera. Su dolor se redujo considerablemente, y su fatiga también. Su sueño mejoró, y su humor también. Se sintió más optimista y más confiada en sí misma. También se sintió más sociable y más integrada. Hizo muchos amigos en el club, con los que compartía su pasión por el running y sus experiencias personales.

Marta descubrió que el running era mucho más que un deporte. Era una forma de vida, una filosofía, una terapia. Era una manera de superarse a sí misma, de enfrentar sus miedos, de vencer sus límites. Era una manera de divertirse, de relajarse, de disfrutar.



Marta se enamoró del running. Y el running le devolvió el amor.

Marta se animó a participar en diferentes carreras, tanto en asfalto como en montaña. Le gustaba la sensación de competir contra sí misma y contra los demás, de ponerse a prueba, de llegar a la meta. Le gustaba la adrenalina, la emoción, la satisfacción.

Una de las carreras que más le gustó fue un trail en el que tuvo que pasar por agua y por barro. Fue una experiencia única, llena de aventura y diversión. Marta se sintió como una niña jugando en el campo, sin importarle ensuciarse ni mojarse. Se rió mucho con sus amigos, que también participaron en el trail, y se sintió orgullosa de haberlo completado.

En una de las carreras, Marta conoció a una mujer llamada Laura, que tenía una historia muy triste. Laura había perdido a su esposo y a su hijo en un accidente de tráfico hacía dos años. Desde entonces, había caído en una profunda depresión, que la había llevado a aislarse del mundo y a perder las ganas de vivir.

Un día, su hermana le había regalado unas zapatillas deportivas y le había propuesto salir a correr con ella. Laura no tenía ninguna ilusión por el running, pero aceptó por complacer a su hermana. Al principio, le costó mucho salir de casa y ponerse en movimiento. Pero poco a poco fue cogiendo el hábito y el gusto por el running.

Laura descubrió que el running le ayudaba a sobrellevar mejor su duelo. Le ayudaba a liberar su tristeza, su rabia y su culpa. Le ayudaba a distraerse, a respirar y a sentirse viva. Le ayudaba a conectar con otras personas que también habían pasado por situaciones difíciles y que encontraban en el running un refugio y un consuelo.

Laura se hizo amiga de Marta, con quien compartía su amor por el running y su lucha contra la fibromialgia. Las dos se apoyaban mutuamente, se contaban sus problemas y se daban ánimos. Las dos se entendían perfectamente, se respetaban y se querían.

Marta y Laura siguen corriendo hoy en día, les apasionan las carreras de trail en donde hay barro y agua para divertirse y además se suman para colaborar con diferentes causas sociales en donde se realizan carreras.

Laura y Max, una nueva oportunidad para vivir

 Cuando las nuevas oportunidades golpean a la puerta hay que tomarlas de brazos abiertos, en algunos casos esas nuevas oportunidades le llegan a animales de la calle que ya rehúyen de los humanos. En este caso el final fue tremendamente motivador.

En un día soleado de primavera, mientras caminaba por la ciudad, una joven llamada Laura se encontró con un perro callejero. El pobre animal estaba delgado y sucio, pero sus ojos reflejaban una tristeza profunda. Laura no pudo evitar sentir compasión por él y decidió llevarlo a su casa para brindarle una segunda oportunidad.

Desde el momento en que el perro entró en su vida, Laura se dio cuenta de que había tomado la decisión correcta. Le dio el nombre de Max y comenzó a cuidarlo como si fuera su propio hijo. Lo alimentaba, lo bañaba y lo llevaba al veterinario para asegurarse de que estuviera sano.

Poco a poco, Max comenzó a ganar peso y su pelaje se volvió brillante y suave. Pero lo más importante, su mirada triste se transformó en una expresión de alegría y gratitud. Max se convirtió en el compañero fiel de Laura, siempre a su lado y dispuesto a darle amor incondicional.



La historia de Laura y Max se volvió viral en las redes sociales. Muchas personas se inspiraron en su relación y decidieron adoptar perros callejeros también. Laura se convirtió en un ejemplo a seguir, demostrando que el amor y la compasión pueden cambiar la vida de un animal abandonado.

Hoy en día, Laura y Max continúan viviendo juntos, disfrutando de largos paseos por el parque y momentos de juego en casa. Max ha encontrado un hogar lleno de amor y Laura ha descubierto el verdadero significado de la lealtad y la amistad.

Ana, la niña que soñaba con las plantas

 Determinación, creatividad y ganas de salir adelante se entrelaza en esta historia de una chica con muchas ganas de emprender. Cuando quieres emprender nada te detiene, tus ganas de aprender, prosperar y seguir superando todas las barreras y lograr derribar metas personales para ir a más. No te quedes en la línea de llegada, has que esa línea de llegada sea una nueva partida.

Comienza una gran historia, abrocha tu cinturón de seguridad y agárrate fuerte.

Ella se llamaba Ana y había nacido en una pequeña casa de ladrillos en las afueras de Bogotá. Su familia era muy pobre y apenas tenía lo suficiente para comer. Pero Ana tenía un sueño: estudiar administración de empresas y tener su propio negocio. Desde niña, le gustaba leer libros sobre emprendedores exitosos y aprender de sus consejos. También le encantaban las plantas aromáticas que crecían en el patio trasero de su casa. Le parecían hermosas y fragantes, y le daban una sensación de paz y alegría. Un día, se le ocurrió una idea: vender esas plantas puerta por puerta a sus vecinos, y así ganar algo de dinero para pagar sus estudios. Con el apoyo y el orgullo de sus padres, Ana se puso manos a la obra.

Cada mañana, antes de ir al colegio, Ana cortaba unas ramitas de romero, tomillo, menta, albahaca y otras hierbas que tenía en su jardín. Las envolvía en papel de periódico y las ataba con un cordel. Luego, las guardaba en una cesta de mimbre que le había regalado su abuela. Después de clases, Ana recorría las calles de su barrio ofreciendo sus plantas aromáticas a los transeúntes y a los dueños de las tiendas. Algunos le compraban por curiosidad, otros por simpatía, y otros por el agradable olor que desprendían las plantas. Ana les explicaba los beneficios de cada una, cómo usarlas para cocinar o para hacer infusiones, y cómo cuidarlas para que duraran más tiempo. Ana era muy amable y sonriente, y pronto se ganó la confianza y el cariño de sus clientes.

Así fue como Ana empezó a ahorrar poco a poco para pagar sus estudios. Cada mes, apartaba una parte de sus ganancias en una alcancía que tenía escondida debajo de su cama. Su sueño era ir a la universidad y estudiar administración de empresas, como había leído en sus libros favoritos. Quería aprender todo lo necesario para crear su propio negocio y mejorar la vida de su familia y de su comunidad. Ana sabía que no sería fácil, pero estaba dispuesta a esforzarse al máximo para lograrlo.

Los años pasaron y Ana terminó el colegio con excelentes notas. Gracias a su trabajo vendiendo plantas aromáticas, había logrado reunir suficiente dinero para matricularse en la universidad. Sus padres estaban muy orgullosos de ella y la animaron a seguir adelante con su sueño. Ana se inscribió en la carrera de administración de empresas y se dedicó a estudiar con pasión y dedicación. También siguió vendiendo sus plantas aromáticas, pero ahora lo hacía por internet, usando una página web que había creado ella misma. Así podía llegar a más clientes y ofrecer más variedad de productos.

Ana se graduó de la universidad con honores y recibió una oferta de trabajo en una importante empresa multinacional. Sin embargo, ella rechazó la oferta porque tenía otro plan en mente: abrir su propia verdulería llena de variedades de frutas y verduras. Con sus ahorros y un préstamo bancario, Ana alquiló un local en el centro de la ciudad y lo decoró con mucho gusto. Puso estanterías llenas de frutas frescas y coloridas, cestas con verduras orgánicas y saludables, y macetas con plantas aromáticas que ella misma cultivaba. También instaló una nevera con jugos naturales hechos con los productos de su tienda.

Ana llamó a su verdulería “La Huerta de Ana” y pronto se convirtió en un éxito. Los clientes quedaban encantados con la calidad y la variedad de los productos, el buen servicio y los precios razonables. Ana también ofrecía consejos sobre nutrición, recetas saludables y trucos para conservar mejor los alimentos. Además, Ana contrató a varias personas de su barrio para que trabajaran con ella en la tienda, dándoles así una oportunidad de empleo y de crecimiento.

Ana no se conformó con tener una sola verdulería. Con el tiempo, abrió más sucursales en otras zonas de la ciudad y luego en otras ciudades del país. Su negocio creció tanto que se convirtió en el abastecedor de otras verdulerías del estado. Ana logró dar trabajo a más de 100 personas de forma directa y a muchas más de forma indirecta. También incursionó en la fabricación de jugos naturales, logrando abrir dos plantas de envasado de jugos que vendían en todo el país. Ana dio trabajo a más de 300 personas de forma directa y a muchas más de forma indirecta.



Ana se convirtió en una empresaria exitosa y reconocida, pero nunca olvidó sus orígenes ni su sueño. Por eso, decidió usar parte de sus ganancias para ayudar a los más necesitados. Fundó varias escuelas en lugares pobres, haciendo hincapié en educar en base a la administración de empresas y la educación financiera. También creó una fundación que apoyaba a los emprendedores con ideas innovadoras y sostenibles. Ana quería compartir su experiencia y su conocimiento con los demás, y motivarlos a seguir sus sueños.

Ana era feliz y se sentía realizada. Había logrado superar la pobreza y convertirse en una mujer exitosa y generosa. Todo gracias a su trabajo duro, su pasión por las plantas aromáticas y su sueño de estudiar administración de empresas.

3 Niños y una aventura en los Andes

 Hace poco llego esta emotiva historia en la cual 3 chicos accidentalmente se encontraron el símbolo de los andes y emprendieron una gran aventura junto a su comunidad.

La aventura del cóndor

Lucas, Sofía y Mateo eran tres niños que vivían en un pequeño pueblo en los Andes. Todos los días, tenían que caminar más de una hora por senderos peligrosos para llegar a la escuela. A veces se encontraban con animales salvajes o con deslizamientos de tierra que bloqueaban el paso. Pero ellos no se rendían, porque les gustaba aprender y estar con sus amigos.

Un día, mientras iban por el bosque, escucharon un ruido extraño. Era como un llanto débil y agudo. Se acercaron con cuidado y vieron algo que les sorprendió: era un bebé de cóndor de los Andes, el ave más grande del mundo. Estaba tirado en el suelo, con una de sus alas heridas. Parecía que se había caído de su nido, que estaba en lo alto de un acantilado.

Los niños se compadecieron del pobre animal y decidieron ayudarlo. Con mucho cuidado, lo envolvieron en una manta y lo cargaron entre los tres. Sabían que no podían dejarlo solo, porque podría morir o ser atacado por otros depredadores. Así que siguieron su camino hacia la escuela, llevando al cóndor con ellos.



Cuando llegaron a la escuela, todos se quedaron asombrados al ver lo que traían los niños. El maestro, el señor Pérez, era un hombre sabio y bondadoso, que les enseñaba muchas cosas sobre la naturaleza y la cultura andina. Él reconoció al cóndor y les explicó que era una especie en peligro de extinción, muy importante para el equilibrio ecológico y para la cosmovisión de los pueblos originarios.

El maestro les dijo que habían hecho bien en rescatar al cóndor, pero que no podían quedárselo como mascota. Les dijo que tenían que cuidarlo hasta que se recuperara y luego devolverlo a su hábitat natural. Les dijo que era una gran responsabilidad, pero también una gran oportunidad de aprender y de hacer algo bueno por el medio ambiente.

Los niños aceptaron el reto y se pusieron manos a la obra. Entre todos, construyeron una jaula grande y cómoda para el cóndor, en un lugar apartado del patio de la escuela. Le pusieron de nombre Kuntur, que significa cóndor en quechua. Le dieron de comer carne fresca y agua limpia todos los días. Le curaron la herida con hierbas medicinales y le hicieron compañía con cariño.

Poco a poco, Kuntur fue sanando y creciendo. Se hizo más fuerte y más bello. Su plumaje era negro con una franja blanca en el cuello y unas manchas blancas en las alas. Su cabeza era roja con unos pelos negros en la frente. Sus ojos eran amarillos y penetrantes. Su pico era curvo y afilado. Sus garras eran poderosas y temibles.

Todos en la escuela se enamoraron de Kuntur y lo trataron como a uno más de la familia. Los niños le enseñaban lo que aprendían en clase, le cantaban canciones, le contaban cuentos y le hacían dibujos. Los padres y los vecinos también colaboraban con alimentos y materiales para el cuidado del cóndor. Todos querían verlo feliz y sano.

La noticia del cóndor se extendió por toda la región y llegó hasta la ciudad. Un día, recibieron la visita de un científico de aves, el doctor Gutiérrez, que había oído hablar de Kuntur y quería verlo con sus propios ojos. El doctor Gutiérrez era un experto en cóndores y había dedicado su vida a estudiarlos y protegerlos.

El doctor Gutiérrez quedó impresionado al ver a Kuntur y al comprobar el trabajo que habían hecho los niños y el maestro para salvarlo. Les felicitó por su labor y les ofreció su ayuda para preparar la liberación del cóndor. Les dijo que era necesario entrenar a Kuntur para que pudiera volar alto y buscar su comida por sí mismo. Les dijo que también había que ponerle un collar con un GPS, para poder seguir su rastro y asegurarse de que estuviera bien.

Los niños y el maestro aceptaron la propuesta del doctor Gutiérrez y se pusieron a trabajar con él. Durante varias semanas, le enseñaron a Kuntur a volar cada vez más lejos y más alto, soltándolo y llamándolo con un silbato. Le enseñaron a reconocer y cazar a sus presas, como conejos, ratones y lagartijas. Le enseñaron a evitar los peligros, como los cazadores furtivos, los cables eléctricos y los pesticidas.

Finalmente, llegó el día en que Kuntur estaba listo para volver a la libertad. Era un día soleado y despejado, ideal para volar. Toda la escuela se reunió para despedir al cóndor. Habían preparado una fiesta con música, bailes, comidas típicas y regalos para Kuntur. También habían invitado a un canal de noticias de la ciudad, que había venido con una cámara y un micrófono para transmitir el evento.

Los niños y el maestro llevaron a Kuntur hasta el lugar donde lo habían encontrado. Allí estaba su nido, en lo alto de un acantilado. El doctor Gutiérrez le puso el collar con el GPS y le dijo unas palabras de ánimo. Luego, abrió la jaula y dejó que Kuntur saliera por su propia voluntad.

Kuntur salió de la jaula y se quedó unos segundos mirando al cielo. Luego, extendió sus alas, que medían más de tres metros de punta a punta, y se lanzó al vacío. Todos contuvieron la respiración, esperando ver qué pasaba.

Kuntur planeó por unos instantes, sintiendo el viento en su cara y el sol en su espalda. Luego, batió sus alas con fuerza y se elevó por el aire. Dio varias vueltas sobre el acantilado, como si quisiera despedirse de sus amigos humanos. Luego, se dirigió hacia las montañas, donde lo esperaban otros cóndores.

Todos los que estaban abajo lo vieron alejarse con emoción y orgullo. Aplaudieron, gritaron, lloraron y rieron. Habían logrado su objetivo: habían salvado a un cóndor y lo habían devuelto a su hogar. Habían hecho algo bueno por el planeta y por ellos mismos.

La cámara del canal de noticias captó todos esos momentos tan emotivos y los transmitió en vivo para todo el país. Muchas personas vieron la historia de Kuntur y se conmovieron con ella. Algunas incluso se animaron a hacer algo similar en sus propias comunidades.

Así fue como Lucas, Sofía y Mateo vivieron una aventura inolvidable con un cóndor de los Andes. Una aventura que les enseñó mucho sobre la naturaleza, la cultura y la vida. Una aventura que nunca olvidarían.

La historia motivadora de Petrona, la niña pintora

 Sin duda que los niños día a día nos sorprenden gratamente y acá les vamos a dejar una bonita historia motivadora de la mano de Petrona, la niña pintora.

Petrona era una niña muy especial. Le encantaba pintar con colores vivos y formas planas. Pero tenía un problema: no podía oír ni hablar. Había perdido el sentido del oído cuando era muy pequeña, por una enfermedad. Por eso, se comunicaba con sus padres y su maestra por medio de señas y de leer los labios.
Petrona no se sentía triste por su condición. Al contrario, se sentía feliz de poder expresarse a través del arte. Su padre, que era un político importante, le había conseguido un profesor de pintura que venía a su casa a darle clases. Se llamaba Guillermo y era muy bueno. Le enseñaba a usar el pincel, a mezclar los colores y a crear composiciones armoniosas.
Petrona aprendía rápido y pronto empezó a pintar sus propios cuadros. Le gustaba pintar escenas de su casa, de su familia, de sus sirvientes y de sus mascotas. Pero lo que más le gustaba pintar eran niños jugando. Le encantaba ver cómo se divertían con sus juegos, cómo reían y cómo se movían.
Un día, tuvo una idea. Quería pintar a los niños de la escuela que quedaba cerca de su casa. Así que le pidió permiso a su padre y a su maestra para ir a visitarla. Ellos aceptaron y la acompañaron hasta la escuela.


Cuando llegaron, Petrona se quedó maravillada con lo que vio. Había muchos niños de diferentes edades, vestidos con uniformes blancos y azules. Estaban en el recreo y jugaban en el patio con pelotas, trompos, muñecas y otros juguetes.
Petrona sacó su cuaderno de dibujo y su lápiz y empezó a hacer bocetos de los niños. Los dibujaba con trazos simples y expresivos, captando sus gestos y sus emociones.

Los niños se dieron cuenta de que había una niña nueva que los observaba y se acercaron a ella con curiosidad. Le preguntaron quién era y qué hacía. Petrona les sonrió y les mostró su cuaderno. Les hizo señas para explicarles que era sorda y que quería pintarlos.
Los niños se sorprendieron al saber que Petrona no podía oír ni hablar, pero también se sintieron halagados por su interés. Algunos le pidieron que los dibujara a ellos, otros le ofrecieron sus juguetes para que los incluyera en sus dibujos.
Petrona se sintió muy feliz de haber encontrado nuevos amigos. Les dijo con señas que si querían podían ir a su casa después de la escuela para ver sus pinturas y aprender a pintar con ella.
Los niños aceptaron encantados la invitación y así fue como empezó una hermosa amistad entre Petrona y los niños pintores.



SUPERACIÓN PERSONAL: TRIUNFÓ HACIENDO FELIZ A MILLONES DE LECTORES.

 Me llamo Christopher Little y les voy a contar la historia de Superación personal de J.K. Rowling, la autora de la serie de Harry Potter, una saga de fantasía que ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo. Pero antes de que yo descubriera su talento, ella tuvo que superar muchos obstáculos y dificultades.

Ella nació el 31 de julio de 1965 en Yate, cerca de Bristol, Inglaterra. Su padre era un ingeniero de aviones y su madre una técnica de química. Desde pequeña le gustaba leer e inventar historias. Su hermana menor, Dianne, era su primera oyente y crítica. Una de sus primeras historias se llamaba Rabbit y trataba sobre un conejo que tenía sarampión.

Cuando tenía nueve años, se mudó a Chepstow, en Gales. Allí conoció a Sean Harris, su mejor amigo, que le prestó su moto y le inspiró el personaje de Ron Weasley. También conoció a una profesora llamada Mrs Morgan, que le animó a escribir y le hizo sentir especial.

A los once años, entró en el instituto Wyedean, donde no era muy popular ni buena estudiante. Se sentía diferente e incomprendida. Se refugiaba en los libros y en su imaginación. Una vez, mientras viajaba en tren con su familia, vio unos cisnes negros en un río y se le ocurrió el nombre de una heroína: Hermione.

A los quince años, su madre fue diagnosticada con esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa que afecta al sistema nervioso. Fue un golpe muy duro para ella y para su familia. Su madre era su mejor amiga y su mayor apoyo. Su enfermedad influyó mucho en su forma de ver la vida y la muerte.


Después de terminar el instituto, estudió francés en la Universidad de Exeter. No le gustaba mucho la carrera ni el ambiente universitario. Prefería leer libros de literatura inglesa y escribir en sus ratos libres. Durante sus vacaciones, trabajó como au pair en París y visitó otros países europeos.

En 1986 se graduó y consiguió un trabajo como investigadora y secretaria bilingüe para Amnistía Internacional en Londres. Allí aprendió mucho sobre los derechos humanos y las injusticias que sufrían muchas personas en el mundo. También siguió escribiendo historias cortas que enviaba a distintas revistas, pero ninguna fue publicada.

En 1990 tuvo una idea que cambió su vida. Mientras viajaba en tren desde Manchester a Londres, se le ocurrió la historia de un niño que descubre que es mago y va a una escuela de magia llamada Hogwarts. Empezó a escribir febrilmente en un cuaderno todo lo que se le venía a la mente: los personajes, el argumento, el mundo mágico…

Ese mismo año, decidió mudarse a Portugal para trabajar como profesora de inglés. Allí conoció a Jorge Arantes, un periodista con quien se casó en 1992 y tuvo una hija, Jessica. Sin embargo, su matrimonio fue un fracaso y terminó en divorcio al año siguiente. Su exmarido le maltrataba física y psicológicamente.

En 1993 regresó al Reino Unido con su hija y una maleta llena de manuscritos. Se instaló en Edimburgo, donde vivían su hermana y algunos amigos. No tenía trabajo ni dinero. Dependía de la ayuda social para sobrevivir. Se sentía sola y deprimida. Llegó a pensar en suicidarse.

Pero no se rindió. Siguió escribiendo Harry Potter siempre que podía: en cafeterías, parques o bibliotecas públicas. Quería terminar el libro por sí misma y por su hija. Quería demostrarle al mundo que podía hacer algo bueno con su vida.

En 1995 terminó el primer libro: Harry Potter y la piedra filosofal. Lo envié a varias editoriales, pero todas lo rechazaron. Algunas le decían que el libro era demasiado largo o demasiado infantil. Otras ni siquiera le contestaban. Estuve a punto de perder la esperanza.


Pero en 1996, yo acepté representarla. Yo creí en su libro y lo envié a Bloomsbury, una editorial de Londres. Allí, el hijo de ocho años del director leyó el primer capítulo y pidió más. Eso convenció al director de publicar el libro.

En 1997 salió a la venta Harry Potter y la piedra filosofal con una tirada inicial de 500 ejemplares. El libro recibió buenas críticas y ganó varios premios literarios. Pronto se hizo popular entre los niños y los adultos. Se vendieron los derechos para traducirlo a otros idiomas y para hacer una película.

En 1998 publicó el segundo libro: Harry Potter y la cámara secreta. Ese mismo año, su madre murió a los 45 años. Fue el momento más triste de su vida. Le dediqué el libro en su memoria. También le dediqué el séptimo y último libro: Harry Potter y las reliquias de la muerte, que publiqué en 2007.

Entre 1999 y 2005 publiqué los otros cuatro libros de la serie: Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Harry Potter y el cáliz de fuego, Harry Potter y la orden del fénix y Harry Potter y el misterio del príncipe. Cada libro era más largo y más oscuro que el anterior. Los temas centrales eran la amistad, el amor, el valor y la lucha contra el mal.

La serie de Harry Potter se convirtió en un fenómeno mundial. Se vendieron más de 600 millones de ejemplares, se tradujeron a 84 idiomas y se hicieron ocho películas que recaudaron miles de millones de dólares. También se crearon videojuegos, parques temáticos, obras de teatro y productos derivados.


Ella pasó de ser una madre soltera pobre a ser una escritora famosa y rica. En 2008, Forbes la nombró la autora mejor pagada del mundo. Pero no se olvidó de sus orígenes ni de las personas que le ayudaron. Donó parte de su fortuna a causas benéficas, sobre todo relacionadas con la infancia, la educación y la salud.

En 2001 se casó con Neil Murray, un médico escocés con quien tuvo dos hijos más: David y Mackenzie. Viven en Escocia, donde sigue escribiendo libros para niños y para adultos. Algunos de sus libros son: Una vacante imprevista (2012), El canto del cuco (2013), El Ickabog (2020) y El cerdito navideño (2021).

Esta es su historia, la de una mujer que nunca dejó de soñar ni de escribir. La de una mujer que creó un mundo mágico que ha hecho feliz a mucha gente. La de una mujer que ha superado las adversidades con coraje y esperanza. Yo estoy orgulloso de ser su editor y su amigo.


Historia de éxito, la autobiografía de Howard Schultz: de ser un niño pobre a fundar una cafetería gigante

 Así comienza mi Historia de éxito fue lo que dijo Howard Schultz: Nací el 19 de julio de 1953 en Brooklyn, Nueva York, en una familia humilde. Mi padre era un conductor de camiones que sufrió un accidente laboral y no tenía seguro médico. Mi madre era una ama de casa que se ocupaba de mí y de mis dos hermanos. Desde pequeño, soñaba con escapar de la pobreza y hacer algo grande con mi vida.

Cuando tenía siete años, vi un programa de televisión sobre el café y me fascinó el aroma, el sabor y la cultura que lo rodeaba. Empecé a ahorrar dinero para comprar una cafetera y a experimentar con diferentes granos y mezclas. Me gustaba invitar a mis amigos a mi casa y servirles café como si fuera un barista profesional. Mi madre me apoyaba y me decía que tenía talento para los negocios.

Cuando era adolescente, me gustaba practicar deportes, especialmente el baloncesto. Me uní al equipo de la escuela y me esforcé por mejorar mis habilidades. Una vez, participé en un torneo regional y tuve la oportunidad de conocer a Kareem Abdul-Jabbar, una leyenda de la NBA. Me dio algunos consejos y me firmó un autógrafo. Ese día fue uno de los más felices de mi vida.

Después de graduarme de la escuela secundaria, obtuve una beca deportiva para estudiar comunicaciones en la Universidad del Norte de Michigan. Fui el primero de mi familia en ir a la universidad. Allí, aprendí mucho sobre el mundo y conocí a gente interesante. También conocí a mi esposa, Sheri Kersch, con quien me casé en 1982 y tuve dos hijos.

Después de obtener mi licenciatura en 1975, trabajé en varios empleos relacionados con las ventas y el marketing. En 1981, me uní a Starbucks como director de operaciones minoristas y marketing. Starbucks era una pequeña empresa que vendía granos de café tostados y equipos para preparar café en Seattle. Me impresionó la calidad de sus productos y la pasión de sus fundadores.

En 1983, viajé a Italia por negocios y quedé maravillado por la cultura del café que vi allí. En Milán, había más de 1.500 cafeterías donde la gente se reunía a socializar y disfrutar de un espresso o un cappuccino. Me inspiré en esa idea y quise replicarla en Estados Unidos. Le propuse a los dueños de Starbucks que abrieran cafeterías donde se sirviera café recién hecho, pero no estuvieron interesados.

Así que decidí dejar Starbucks y fundar mi propia empresa, Il Giornale, una cafetería especializada que se inspiraba en el estilo italiano. En 1987, con el apoyo de unos inversores, compré Starbucks y fusioné las dos empresas. Bajo mi liderazgo, la cadena de cafeterías creció rápidamente, pasando de menos de 20 tiendas a más de 100 en cuatro años.


En 1992, llevé a Starbucks a cotizar en bolsa y usé una valoración de 271 millones de dólares para duplicar su número de tiendas en una serie de guerras del café muy publicitadas. Mi visión era convertir a Starbucks en una marca global que ofreciera una experiencia única a sus clientes. Para ello, introduje nuevos productos, como el Frappuccino o el café instantáneo; expandí el negocio a otros países, como Japón o China; adquirí otras empresas, como Teavana o Evolution Fresh; e implementé estándares de comercio justo y responsabilidad social.

Me retiré como director ejecutivo en 2000, pero seguí siendo el presidente. Durante ese tiempo, también fui el dueño mayoritario del equipo de baloncesto Seattle SuperSonics desde 2001 hasta 2006. Sin embargo, recibí muchas críticas locales después de vender el equipo a un grupo que lo trasladó a Oklahoma City.

En 2008, volví como director ejecutivo debido a la crisis financiera que afectó a Starbucks. Despedí a varios ejecutivos y empleados y cerré cientos de tiendas. También reorienté la estrategia de la empresa para recuperar su esencia y su rentabilidad. En 2017, dejé de nuevo el cargo de director ejecutivo, pero seguí siendo el presidente ejecutivo hasta 2018.



En 2019, anuncié que estaba considerando postularme a la presidencia de Estados Unidos como candidato independiente. Sin embargo, después de recibir muchas críticas y amenazas, decidí no hacerlo. Mi posición política es liberal en lo social y moderada en lo fiscal. En política exterior, soy visto como un «halcón liberal», partidario de una intervención estadounidense en los asuntos internacionales y del neoliberalismo.

En 2020, fui nombrado la 209ª persona más rica de Estados Unidos por Forbes con una fortuna de 4.300 millones de dólares. También fundé la Fundación Schultz Family para ayudar a los veteranos militares y combatir el desempleo juvenil. En 2022, Starbucks anunció que el director ejecutivo Kevin Johnson se retiraba y que yo asumiría el cargo de director ejecutivo interino hasta que Laxman Narasimhan lo tomara en abril de 2023.