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miércoles, 27 de diciembre de 2023

UNA LOMBRIZ MUY ASTUTA

 

UNA LOMBRIZ MUY ASTUTA

¿Qué pasaría si un gorrión se encontrara con una lombriz muy inteligente? Eso es lo que les voy a contar en esta historia, una historia muy linda, un cuento que da para pensar bastante y de la cual podemos aprender bastante.


Todo empezó una mañana soleada, cuando un gorrión hambriento se posó en el césped de un parque, buscando algo que comer. Allí vio a una lombriz que se arrastraba por la tierra, y sin pensarlo dos veces, se lanzó a por ella. Pero lo que no sabía el gorrión es que esa lombriz era muy especial, y tenía una gran capacidad para pensar y hablar.

– ¡Espera! – le dijo la lombriz al gorrión, justo antes de que este le clavara el pico – ¿Sabes cuál es la diferencia entre un gorrión y un avestruz?

El gorrión se quedó sorprendido, y soltó a la lombriz. No esperaba que una lombriz le hablara, y menos que le hiciera una pregunta tan extraña.

– ¿Qué? – preguntó el gorrión, confundido.

– La diferencia entre un gorrión y un avestruz – repitió la lombriz – ¿La sabes?

El gorrión pensó un momento. Sabía que los avestruces eran unos pájaros muy grandes, que no podían volar, y que vivían en África. Pero no entendía qué tenía que ver eso con él.

– No sé, dime tú – respondió el gorrión.

– Pues la diferencia es que los avestruces tienen dos dedos en cada pata, y los gorriones tienen cuatro – explicó la lombriz.

– ¿Y eso qué importa? – preguntó el gorrión, impaciente.

– Pues importa mucho – dijo la lombriz – Porque los dedos de los pájaros son los que les permiten agarrarse a las ramas, y también los que les ayudan a impulsarse para volar. Los avestruces no pueden volar porque tienen pocos dedos, y por eso son tan pesados. Los gorriones, en cambio, pueden volar porque tienen muchos dedos, y por eso son tan ligeros.


El gorrión se quedó pensativo. Nunca se había fijado en sus dedos, ni en lo importantes que eran para volar. Se miró las patas, y vio que efectivamente tenía cuatro dedos en cada una.

– Es verdad – dijo el gorrión – Tengo cuatro dedos. Y gracias a ellos puedo volar.

– Así es – afirmó la lombriz – Y sabes qué más? Que los gorriones son capaces de levantar el vuelo en menos de un segundo, desde que están posados en el suelo. Eso es muy rápido, ¿no crees?

El gorrión asintió. Se sentía orgulloso de ser un gorrión, y de poder volar tan bien. Se olvidó por completo de que tenía hambre, y de que quería comerse a la lombriz.

– Eres muy inteligente – le dijo al gusano – ¿Cómo sabes tantas cosas?

– Leo mucho – respondió la lombriz – Me gusta aprender cosas nuevas cada día. Y también me gusta hablar con otros animales, como tú.

– Pues yo no suelo hablar con lombrices – admitió el gorrión – Ni con otros animales. Solo con otros gorriones.


– Eso es una lástima – dijo la lombriz – Porque hay mucho que aprender de otras especies. Por ejemplo, ¿sabes qué es la lombritis aguda?

El gorrión negó con la cabeza. No tenía ni idea de lo que era eso.

– La lombritis aguda es una enfermedad muy grave que afecta a los pájaros que comen lombrices inteligentes como yo – explicó la lombriz – Los síntomas son fiebre, tos, dolor de cabeza y pérdida de plumas. Es muy contagiosa, y puede ser mortal si no se trata a tiempo.

El gorrión se asustó al oír eso. No quería enfermarse, ni perder sus plumas, ni morir. Se alejó un poco de la lombriz, y la miró con recelo.

– ¿Estás diciendo que si te como me voy a contagiar de esa enfermedad? – preguntó el gorrión.

– Eso es lo que dicen – dijo la lombriz, con una sonrisa maliciosa – Yo no lo sé con certeza, porque nunca he visto a un pájaro comerse a una lombriz inteligente. Pero yo no me arriesgaría, si fuera tú.

El gorrión se quedó pensando. No sabía si creerle a la lombriz, o si era una mentira para salvarse. Pero tampoco quería arriesgarse a enfermarse. Se quedó mirando al cielo, buscando alguna señal que le indicara qué hacer.

Mientras tanto, la lombriz seguía sonriendo. Sabía que el gorrión estaba distraído, y que no se había dado cuenta de que un gato negro se acercaba sigilosamente por detrás. La lombriz había visto al gato desde el principio, y había usado sus preguntas para ganar tiempo y distraer al gorrión. Era su plan para escapar de ser el almuerzo de un pájaro.

Y el plan funcionó. Justo cuando el gorrión se disponía a comerse a la lombriz, el gato saltó ágilmente y atacó al gorrión. El gorrión logró escapar, pero no sin perder algunas plumas. Y la lombriz, muy contenta, se fue silbando, feliz de haber salvado su vida.



martes, 26 de diciembre de 2023

KOFY Y UNAS AVENTURAS INOLVIDABLES

Kofi se las arreglaba como podía, durmiendo en las calles, mendigando o robando comida. Una de las pocas cosas que le hacían feliz era el queso. Le encantaba el queso, de cualquier tipo y forma. Le recordaba a su infancia, cuando sus padres le preparaban platos con queso de cabra, que ellos mismos elaboraban en su granja. Kofi recordaba con nostalgia el sabor y el aroma del queso, y cómo lo compartía con su familia y sus amigos.

Un día, mientras vagaba por las calles de Nápoles, se encontró con una tienda de quesos frescos. El escaparate estaba lleno de variedades de queso que Kofi nunca había visto: mozzarella, ricotta, provolone, scamorza… Kofi se quedó hipnotizado por el aspecto y el olor de los quesos, y sintió un hambre voraz. Sin pensarlo dos veces, entró en la tienda y cogió un trozo de queso que estaba al alcance de su mano. Lo metió en su bolsillo y salió corriendo, sin que nadie se diera cuenta.

O eso creía él. Porque el dueño de la tienda, un hombre llamado Giuseppe, lo había visto todo. Giuseppe era un hombre de mediana edad, que llevaba toda su vida dedicada al queso. Era el propietario de la tienda, y también el proveedor de muchas pizzerías, restaurantes y clientes particulares. Giuseppe conocía todos los secretos del queso, y se enorgullecía de ofrecer los mejores productos de la zona. Por eso, cuando vio que un niño le robaba un queso, se enfadó mucho. Salió de la tienda y persiguió al ladrón por las calles, hasta que lo alcanzó y lo agarró por el cuello.

¡Devuélveme el queso, maldito! -gritó Giuseppe, zarandeando al niño.

¡Suéltame, suéltame! -se quejó Kofi, asustado.

¿Qué te crees que haces? ¿No sabes que robar está mal? ¿No tienes vergüenza? -siguió Giuseppe, furioso.

Lo siento, lo siento, tenía hambre… -balbuceó Kofi, con lágrimas en los ojos.

¿Hambre? ¿Y por eso me robas? ¿Sabes cuánto me cuesta hacer este queso? ¿Sabes cuánto trabajo y esfuerzo hay detrás de cada pieza? ¿Sabes lo que significa el queso para mí? -preguntó Giuseppe, sin soltar al niño.

No, no lo sé… -respondió Kofi, temblando.

Pues vas a saberlo. Te voy a llevar a la policía, y que ellos se encarguen de ti. A ver si así aprendes la lección -sentenció Giuseppe, arrastrando al niño hacia su tienda.


Kofi se resignó a su destino. Sabía que la policía no le haría ningún favor. Seguramente lo enviarían a un centro de menores, o lo deportarían a su país. Pensó que quizás hubiera sido mejor morir en el mar con sus padres, que vivir en ese infierno. Se arrepintió de haber robado el queso, pero también se sintió injustamente tratado. ¿Qué culpa tenía él de haber nacido en un lugar donde no había nada? ¿Qué podía hacer él para sobrevivir? ¿Por qué el queso tenía que ser tan caro y tan codiciado?

Giuseppe llegó a su tienda, y llamó a la policía. Les explicó lo que había pasado, y les pidió que vinieran a buscar al niño. Mientras esperaba, miró al niño con desprecio. Le parecía un ser miserable, sucio y desagradecido. No entendía cómo podía haber gente así en el mundo. Él había trabajado duro toda su vida, y se había ganado el respeto y la admiración de todos. Él amaba el queso, y lo consideraba un arte y una pasión. Él no podía tolerar que alguien le faltara el respeto al queso, y mucho menos que se lo robara.

Al cabo de unos minutos, llegó la policía. Eran dos agentes, un hombre y una mujer. El hombre se encargó de esposar al niño, y de meterlo en el coche patrulla. La mujer se quedó con Giuseppe, y le pidió que le diera más detalles sobre el robo.

Buenas tardes, señor Giuseppe. Soy la agente Martina. ¿Puede decirme exactamente qué ha ocurrido? -preguntó la mujer, sacando una libreta y un bolígrafo.

Buenas tardes, agente. Pues verá, este niño ha entrado en mi tienda, y me ha robado un queso. Lo he visto con mis propios ojos, y lo he perseguido hasta que lo he atrapado. Es un ladrón, y debe pagar por lo que ha hecho -respondió Giuseppe, señalando al niño con el dedo.

¿Y qué tipo de queso era? -preguntó la agente.

Era un queso de oveja, curado, con una corteza de pimienta negra. Un queso muy especial, que solo se hace en una granja de la región de Abruzzo. Un queso que tiene un sabor y un aroma únicos, y que vale una fortuna -explicó Giuseppe, con orgullo.

Ya veo. Y ¿cuánto vale ese queso? -preguntó la agente.

Pues depende del peso, pero este queso pesaba unos dos kilos, y me costó unos cien euros. Es un queso de calidad, agente, no es cualquier cosa -dijo Giuseppe, con indignación.


Entiendo. Y ¿tiene usted alguna prueba de que el niño le robó el queso? ¿Hay alguna cámara de seguridad, o algún testigo? -preguntó la agente.

No, no hay ninguna prueba. Pero yo lo vi, se lo juro. El niño entró en la tienda, cogió el queso, y salió corriendo. Yo lo seguí, y lo atrapé. El queso estaba en su bolsillo, se lo puedo mostrar -dijo Giuseppe, sacando el queso del bolsillo del niño.

Bueno, eso es una prueba circunstancial, pero no es suficiente. El niño podría haber comprado el queso en otro sitio, o se lo podría haber dado alguien. Además, el niño es menor de edad, y tiene derechos. No podemos detenerlo solo por su palabra, señor Giuseppe. Necesitamos más evidencias, o una confesión -dijo la agente, con paciencia.

¿Qué? ¿Está bromeando? ¿No me cree? ¿No ve que es un ladrón? ¿Qué derechos tiene él, si no respeta los míos? ¿Qué más evidencias necesita, si yo le digo la verdad? ¿Qué confesión quiere, si el niño no habla ni una palabra de italiano? -protestó Giuseppe, alterado.

Señor Giuseppe, cálmese, por favor. No estoy diciendo que no le crea, ni que el niño sea inocente. Solo estoy diciendo que necesitamos seguir el procedimiento, y respetar la ley. El niño tiene derecho a un abogado, a un intérprete, y a un tutor legal. No podemos acusarlo sin más, ni condenarlo sin un juicio. Así funcionan las cosas, señor Giuseppe. Usted lo sabe -dijo la agente, con firmeza.

Sí, sí, lo sé. Pero no me parece justo. Este niño me ha robado, y debe pagar. No puede salirse con la suya. No puede ir por ahí robando quesos, como si nada. El queso es sagrado, agente. El queso es mi vida -dijo Giuseppe, con emoción.

-Lo entiendo, señor Giuseppe. Yo también

La agente Martina era una mujer joven, que llevaba poco tiempo en el cuerpo. Era amiga de Giuseppe, porque solía comprarle queso para su familia. Le gustaba el queso, pero no tanto como a Giuseppe. Ella tenía otros intereses, como la justicia, los derechos humanos, y la solidaridad. Por eso, cuando vio al niño, sintió compasión por él. Se dio cuenta de que era un refugiado, que había sufrido mucho, y que solo necesitaba ayuda. Así que decidió hacer algo por él.

-Señor Giuseppe, escúcheme. Yo sé que usted está enfadado, y que tiene razón. El niño le ha robado, y eso no está bien. Pero piense un momento en la situación del niño. Es un huérfano, que ha perdido a sus padres, que ha cruzado el mar en un bote, que no tiene a nadie que lo cuide, que no tiene un hogar, ni una escuela, ni un futuro. ¿No cree que merece una oportunidad? ¿No cree que podría cambiar, si alguien le diera una mano? -le dijo la agente, con dulzura.

¿Una oportunidad? ¿Una mano? ¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de mi queso? ¿Qué hay de mi trabajo? ¿Qué hay de mi dignidad? ¿Acaso no merezco yo también una oportunidad, una mano, una compensación? ¿Acaso no soy yo también una víctima? -replicó Giuseppe, con amargura.
Claro que sí, señor Giuseppe. Usted también es una víctima, y merece una reparación. Pero no creo que la solución sea enviar al niño a la cárcel, o a su país. Eso solo empeoraría las cosas, para él y para usted. ¿No le gustaría más que el niño le pidiera perdón, y le devolviera el queso, o le pagara de alguna forma? ¿No le gustaría más que el niño aprendiera a respetar el queso, y a apreciar su valor? ¿No le gustaría más que el niño fuera feliz, y que usted fuera feliz? -insistió la agente, con esperanza.

¿Feliz? ¿Feliz? ¿De qué me habla, agente? ¿Cómo puede ser feliz alguien que roba? ¿Cómo puede ser feliz alguien que es robado? ¿Cómo puede ser feliz alguien que vive en un mundo donde hay tanta injusticia, tanta miseria, tanta crueldad? ¿Qué sentido tiene la felicidad, si no hay paz, ni amor, ni queso? -preguntó Giuseppe, con desesperación.

La felicidad tiene sentido, señor Giuseppe. La felicidad es lo único que tiene sentido. La felicidad es lo que nos hace humanos, lo que nos hace vivir, lo que nos hace soñar. La felicidad es lo que nos une, lo que nos hace comprender, lo que nos hace perdonar. La felicidad es lo que nos salva, señor Giuseppe. La felicidad es lo que nos salva -respondió la agente, con convicción.

La agente Martina miró al niño, que estaba en el coche patrulla, y le sonrió. El niño le devolvió la sonrisa, con timidez. La agente Martina le hizo un gesto al otro agente, que estaba al volante, y le dijo que esperara un momento. Luego, se acercó a Giuseppe, y le puso una mano en el hombro.

Señor Giuseppe, le voy a hacer una propuesta. Una propuesta que puede cambiar su vida, y la del niño. Una propuesta que puede hacerle feliz, y hacer feliz al niño. Una propuesta que puede hacerle justicia, y hacer justicia al niño. Una propuesta que puede hacerle amar el queso, y hacer que el niño ame el queso. ¿Quiere escucharla? -le preguntó la agente, con una sonrisa.
¿Una propuesta? ¿Qué propuesta? -preguntó Giuseppe, con curiosidad.

Mi propuesta es esta: en vez de llevar al niño a la comisaría, y ponerle una denuncia, ¿por qué no le da usted una oportunidad, y lo deja trabajar para usted? Así, el niño podría pagarle el queso que le robó, y aprender a hacer queso, y a respetar el queso. Así, usted podría enseñarle al niño su oficio, y su pasión, y su arte. Así, usted y el niño podrían conocerse mejor, y quizás hacerse amigos. Así, usted y el niño podrían ser felices, señor Giuseppe. ¿Qué le parece? -le dijo la agente, con entusiasmo.

¿Qué me parece? Me parece una locura, agente. Me parece una locura -dijo Giuseppe, con incredulidad.
¿Una locura? ¿Por qué? ¿No cree que sea posible? ¿No cree que valga la pena? ¿No cree que sea una buena idea? -preguntó la agente, con insistencia.

No, no lo creo. No creo que sea posible, ni que valga la pena, ni que sea una buena idea. No creo que el niño pueda pagar el queso, ni que pueda aprender el queso, ni que pueda respetar el queso. No creo que yo pueda enseñarle al niño mi oficio, ni mi pasión, ni mi arte. No creo que yo y el niño podamos hacernos amigos, ni ser felices. No creo que esta propuesta tenga sentido, agente. No creo que esta propuesta tenga sentido -dijo Giuseppe, con resignación.

Señor Giuseppe, no se rinda. No se rinda, por favor. Esta propuesta tiene sentido, se lo aseguro. Tiene sentido para usted, y para el niño. Tiene sentido para el queso, y para el mundo. Tiene sentido para la felicidad, señor Giuseppe. Tiene sentido para la felicidad -dijo la agente, con pasión.

La agente Martina miró a Giuseppe a los ojos, y le transmitió toda su confianza, toda su comprensión, toda su bondad. Giuseppe sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía: una chispa de esperanza. Una chispa que iluminó su corazón, y que le hizo ver las cosas de otra manera. Una chispa que le hizo pensar que quizás, solo quizás, la agente tenía razón. Que quizás, solo quizás, esa propuesta era una buena idea. Que quizás, solo quizás, él y el niño podían ser felices.

Está bien, agente. Está bien. Voy a aceptar su propuesta. Voy a darle una oportunidad al niño, y lo voy a dejar trabajar para mí. Voy a enseñarle al niño mi oficio, y mi pasión, y mi arte. Voy a conocer mejor al niño, y quizás hacerme amigo de él. Voy a intentar ser feliz, agente. Voy a intentar ser feliz -dijo Giuseppe, con una sonrisa.


¡Gracias, señor Giuseppe! ¡Gracias! Ha tomado una buena decisión, se lo prometo. No se va a arrepentir, se lo aseguro. Ha hecho un gran gesto, se lo agradezco. Ha hecho feliz al niño, y a mí también. Ha hecho feliz al queso, y al mundo. Ha hecho feliz a la felicidad, señor Giuseppe. Ha hecho feliz a la felicidad -dijo la agente, con una sonrisa.

La agente Martina se acercó al coche patrulla, y le dijo al otro agente que soltara al niño. El otro agente obedeció, y liberó al niño de las esposas. El niño salió del coche, y se quedó parado, sin saber qué hacer. La agente Martina lo cogió de la mano, y lo llevó hacia Giuseppe. Giuseppe lo miró con curiosidad, y le tendió la mano. El niño la tomó con timidez, y le dijo algo en su idioma. Giuseppe no lo entendió, pero le sonrió. La agente Martina les explicó a ambos lo que habían acordado, y les pidió que se dieran una oportunidad. Los dos asintieron, y se miraron con respeto.Bueno, pues ya está. Ya está todo arreglado. Ahora solo queda que empiecen a trabajar juntos, y a aprender el uno del otro. Y sobre todo, que disfruten del queso, y de la vida. Les deseo mucha suerte, y mucha felicidad. Si necesitan algo, ya saben dónde encontrarme. Adiós, señor Giuseppe. Adiós, niño -dijo la agente Martina, despidiéndose de ellos.

Adiós, agente. Gracias por todo. Gracias por la propuesta. Gracias por la felicidad -dijo Giuseppe, agradecido.


La agente Martina se subió al coche patrulla, y se marchó. Giuseppe y el niño se quedaron solos, frente a la tienda de quesos. Giuseppe le hizo un gesto al niño, y le invitó a entrar. El niño lo siguió, con curiosidad. Entraron en la tienda, y se encontraron con un paraíso de quesos. Quesos de todos los tipos, formas, colores y sabores. Quesos que hacían la boca agua, y que llenaban el aire de aromas. Quesos que eran una obra de arte, y una pasión. Quesos que eran una vida, y una felicidad.

Giuseppe cogió el queso que el niño le había robado, y se lo ofreció. El niño lo cogió, y lo miró con admiración. Giuseppe le dijo que se lo podía quedar, que era un regalo. El niño le agradeció el gesto, y le dijo que era el mejor queso que había probado en su vida. Giuseppe le dijo que había muchos más quesos, y que los iba a probar todos. El niño le dijo que le encantaría, y que quería aprender a hacerlos. Giuseppe le dijo que le iba a enseñar, y que iba a ser su maestro. El niño le dijo que le iba a escuchar, y que iba a ser su alumno.

Y así empezó todo. Así empezó la historia de Kofi y el queso. La historia de un niño que había perdido todo, y que encontró un nuevo hogar, una nueva familia, y una nueva pasión. La historia de un hombre que había trabajado duro, y que encontró un nuevo amigo, un nuevo hijo, y una nueva alegría. La historia de un queso que había sido robado, y que encontró un nuevo dueño, un nuevo admirador, y una nueva vida.

La historia de una felicidad que había nacido de una propuesta. Una propuesta que tenía sentido. Una propuesta que tenía sentido para la felicidad.

El mejor Pecorino


Kofi llevaba ya unos meses trabajando para Giuseppe, y se había convertido en su ayudante, su aprendiz, y su amigo. Kofi había aprendido mucho sobre el queso, y sobre la vida. Había aprendido a hacer queso, a cortar queso, a vender queso, y a comer queso. Había aprendido a hablar italiano, a leer y a escribir, y a contar y a calcular. Había aprendido a respetar a Giuseppe, a quererlo como a un padre, y a agradecerle todo lo que había hecho por él.

Giuseppe también había aprendido mucho con Kofi. Había aprendido a confiar en él, a cuidarlo como a un hijo, y a admirarlo por su inteligencia y su bondad. Había aprendido a escuchar sus historias, a reírse con sus bromas, y a consolarlo en sus tristezas. Había aprendido a ver el mundo con otros ojos, a valorar lo que tenía, y a compartir lo que le sobraba.


Giuseppe y Kofi eran felices, y se hacían felices el uno al otro. Se habían convertido en una familia, y en un equipo. Juntos, habían hecho prosperar la tienda de quesos, y habían ganado muchos clientes y amigos. Juntos, habían descubierto el placer de trabajar, y el placer de vivir.

Uno de los placeres que más disfrutaban era el de viajar. Cada semana, Giuseppe y Kofi salían de la ciudad, y se dirigían a las montañas, donde estaban las granjas de los productores de queso. Allí, compraban los quesos que luego vendían en la tienda, y aprovechaban para conocer a los queseros, y aprender de ellos. Cada granja era un mundo, y cada queso una sorpresa. Giuseppe y Kofi se maravillaban con la variedad y la calidad de los quesos, y con la sabiduría y la generosidad de los queseros.

Un día, Giuseppe y Kofi fueron a visitar a un amigo de Giuseppe, que se llamaba Bruno. Bruno era un hombre mayor, que llevaba toda su vida dedicada al queso. Era el dueño de una granja, donde criaba ovejas, y hacía un queso de oveja muy famoso, que se llamaba pecorino. Bruno era un maestro del queso, y un maestro de la vida. Tenía una gran experiencia, y un gran corazón. Giuseppe lo admiraba, y lo quería mucho.

Bruno los recibió con los brazos abiertos, y los invitó a pasar a su casa. Allí, les ofreció un desayuno, compuesto por pan, mermelada, café, y por supuesto, queso. Bruno les cortó unas lonchas de su pecorino, y se las dio a probar. Giuseppe y Kofi lo saborearon, y se deleitaron con su sabor. Era un queso fuerte, pero suave. Un queso salado, pero dulce. Un queso que tenía carácter, pero que era delicado. Un queso que era una delicia.¿Qué les parece? ¿Les gusta? -preguntó Bruno, con una sonrisa.


Es delicioso, Bruno. Es el mejor queso de oveja que he probado en mi vida -dijo Giuseppe, con sinceridad.

Es delicioso, Bruno. Es el mejor queso de oveja que he probado en mi vida -dijo Kofi, con sinceridad.

Me alegro, me alegro. Me hace feliz que les guste. Este queso es mi orgullo, y mi pasión. Lo hago con mucho amor, y con mucho cuidado. Lo hago siguiendo la tradición, y la innovación. Lo hago con la leche de mis ovejas, y con el cuajo de mis corderos. Lo hago con el sol, y con el viento. Lo hago con el tiempo, y con el arte. Lo hago con el queso, y con la vida -dijo Bruno, con emoción.

Lo sabemos, Bruno. Lo sabemos. Se nota que este queso tiene todo eso, y más. Se nota que este queso es una obra de arte, y una obra de vida. Se nota que este queso es tu queso, y tu vida -dijo Giuseppe, con emoción.

Lo sabemos, Bruno. Lo sabemos. Se nota que este queso tiene todo eso, y más. Se nota que este queso es una obra de arte, y una obra de vida. Se nota que este queso es tu queso, y tu vida -dijo Kofi, con emoción.

Gracias, gracias. Me conmueven sus palabras. Me conmueven sus sentimientos. Me conmueven ustedes. Ustedes son mis amigos, y mis hermanos. Ustedes son mis compañeros, y mis alumnos. Ustedes son mis queseros, y mis hijos -dijo Bruno, con emoción.

Gracias, Bruno. Gracias por tu amistad, y por tu hermandad. Gracias por tu compañía, y por tu enseñanza. Gracias por tu queso, y por tu vida -dijo Giuseppe, con emoción.

Los tres se abrazaron, y se miraron con cariño. Los tres se sintieron felices, y se hicieron felices. Los tres se sintieron unidos, y se hicieron uno.

Después del desayuno, Bruno les propuso que lo acompañaran a ver su granja, y a ver cómo hacía el queso. Giuseppe y Kofi aceptaron encantados, y se pusieron en marcha. Bruno los llevó a ver sus ovejas, que pastaban tranquilamente en el campo. Les explicó que eran de una raza autóctona, que se adaptaba bien al clima y al terreno. Les dijo que las cuidaba con mimo, y que les daba una alimentación natural y variada. Les mostró cómo las ordeñaba, y cómo obtenía la leche. Les enseñó cómo filtraba la leche, y cómo la calentaba. Les mostró cómo añadía el cuajo, y cómo cuajaba la leche. Les enseñó cómo cortaba la cuajada, y cómo la prensaba. Les mostró cómo salaba el queso, y cómo lo moldeaba. Les enseñó cómo maduraba el queso, y cómo lo afinaba. Les mostró cómo conservaba el queso, y cómo lo vendía.

Bruno les explicó todo con detalle, y con pasión. Giuseppe y Kofi lo escucharon con atención, y con pasión. Bruno les hizo participar en el proceso, y les dejó hacer algunas tareas. Giuseppe y Kofi se involucraron en el proceso, y disfrutaron de las tareas. Bruno les transmitió su sabiduría, y su amor. Giuseppe y Kofi recibieron su sabiduría, y su amor.

Kofi se quedó impresionado con todo lo que vio, y con todo lo que aprendió. Nunca había visto nada igual, ni había aprendido tanto. Se sintió fascinado por el queso, y por la vida. Se sintió agradecido con Bruno, y con Giuseppe. Se sintió feliz, y se hizo feliz.

En un momento, Kofi se acordó de su infancia, y de sus padres. Se acordó de cómo hacían queso de cabra, y de cómo se lo comían. Se acordó de cómo vivían en la granja, y de cómo eran felices. Se acordó de cómo los perdió, y de cómo sufrió. Se acordó de todo, y se emocionó.

Kofi le contó a Bruno y a Giuseppe su historia, y les habló de sus padres. Les habló de cómo hacían queso de cabra, y de cómo se lo comían. Les habló de cómo vivían en la granja, y de cómo eran felices. Les habló de cómo los perdió, y de cómo sufrió. Les habló de todo, y se emocionó.

Bruno y Giuseppe escucharon a Kofi, y se conmovieron. Se conmovieron por su historia, y por sus padres. Se conmovieron por su queso, y por su vida. Se conmovieron por su pérdida, y por su dolor. Se conmovieron por todo, y se emocionaron.

Una linda sorpresa


Kofi se había adaptado muy bien a su nueva vida, y se sentía feliz y agradecido. Había encontrado un hogar, una familia, y una pasión. Había encontrado un sentido, y una esperanza. Había encontrado el queso, y la vida.

Pero Kofi no se olvidaba de sus orígenes, ni de sus hermanos. Kofi sabía que había muchos otros niños y adultos que habían llegado a Italia como él, huyendo de la guerra y la pobreza. Él sabía que muchos de ellos no habían tenido la suerte que él había tenido, y que seguían viviendo en la calle, o en campamentos improvisados. Tenía en cuenta que muchos de ellos no hablaban italiano, ni tenían acceso a la educación, ni al trabajo. Kofi sabía que muchos de ellos sufrían, y que necesitaban ayuda.

Por eso, Kofi decidió hacer algo por ellos. Por eso, Kofi decidió colaborar con un grupo de personas que ayudaban a aprender italiano a los inmigrantes. Por eso, Kofi decidió dedicar parte de su tiempo libre a esa labor.

Tres veces a la semana, después de trabajar en la tienda de quesos, Kofi se iba a un centro social, donde se reunía con otros voluntarios, y con los inmigrantes que querían aprender italiano. Allí, Kofi les enseñaba las palabras y las frases básicas, les ayudaba con los ejercicios, y les contaba sus experiencias. Kofi les transmitía su entusiasmo, su simpatía, y su solidaridad. Kofi les daba su apoyo, su amistad, y su amor.

Los inmigrantes apreciaban mucho la labor de Kofi, y lo consideraban un ejemplo, y un líder, ellos aprendían mucho con Kofi, y lo admiraban por su inteligencia, y su bondad.

Los voluntarios también valoraban mucho el trabajo de Kofi, y lo respetaban como a un colega, y como a un maestro. Los voluntarios aprendían mucho de Kofi, y lo elogiaban por su dedicación, y su generosidad.

Kofi se sentía orgulloso de su labor, y se sentía feliz de ayudar. Kofi se sentía útil, y se sentía querido. Kofi se sentía vivo, y se hacía vivo.


Pero Kofi no le contaba nada de esto a Giuseppe. Kofi no quería molestar a Giuseppe, ni preocuparlo, ni ofenderlo. Kofi pensaba que Giuseppe no entendería su decisión, ni aprobaría su acción. Kofi creía que Giuseppe se enfadaría con él, o se decepcionaría de él. Kofi temía que Giuseppe lo rechazara, o lo abandonara.

Por eso, Kofi le mentía a Giuseppe. Por eso, Kofi le decía a Giuseppe que se iba a estudiar, o a jugar, o a pasear. Por eso, Kofi le ocultaba a Giuseppe su labor, y su felicidad.

Pero Giuseppe no era tonto, ni ciego, ni sordo. Giuseppe se daba cuenta de que Kofi le mentía, y de que Kofi le ocultaba algo. Giuseppe notaba que Kofi se iba con frecuencia, y que Kofi volvía con alegría. Giuseppe veía que Kofi tenía nuevos amigos, y que Kofi hablaba con fluidez. Giuseppe oía que Kofi contaba historias, y que Kofi cantaba canciones.

Giuseppe se preguntaba qué hacía Kofi, y dónde iba Kofi. Giuseppe se preguntaba con quién estaba Kofi, y qué aprendía Kofi. Giuseppe se preguntaba por qué mentía Kofi, y qué escondía Kofi.

Giuseppe se sentía intrigado, y se sentía preocupado. Giuseppe se sentía confundido, y se sentía dolido. Giuseppe se sentía solo, y se hacía solo.

Un día, Giuseppe decidió seguir a Kofi, y descubrir su secreto. Un día, Giuseppe decidió averiguar la verdad, y enfrentarse a Kofi. Un día, Giuseppe decidió hacer algo, y cambiar las cosas.

Ese día, después de trabajar en la tienda de quesos, Giuseppe vio que Kofi se preparaba para salir. Giuseppe le preguntó a Kofi qué iba a hacer, y Kofi le respondió que iba a estudiar. Kofi salió de la tienda, y Giuseppe lo siguió. Giuseppe mantuvo una distancia prudente, y se aseguró de que Kofi no lo viera. Giuseppe observó cómo Kofi caminaba por las calles, y cómo se dirigía al centro social. Giuseppe vio cómo Kofi entraba en el centro social, y cómo desaparecía de su vista. Giuseppe se acercó al centro social, y se asomó por una ventana. Giuseppe vio lo que hacía Kofi, y se quedó sorprendido.

En un momento vio a Kofi rodeado de inmigrantes, y de voluntarios. Giuseppe vio a Kofi enseñando italiano, y ayudando a los inmigrantes, lo vió sonriendo, y haciendo sonreír a los inmigrantes. Giuseppe vio a Kofi feliz, y haciendo feliz a los inmigrantes, se sintió conmovido, y se sintió orgulloso.

Giuseppe entró en el centro social, y se acercó a Kofi. Kofi lo vio, y se asustó. Kofi pensó que Giuseppe se había enterado, y que Giuseppe se había enfadado. Kofi pensó que Giuseppe lo iba a regañar, o a castigar. Kofi pensó que Giuseppe lo iba a rechazar, o a abandonar.

Pero Giuseppe no hizo nada de eso. Giuseppe lo abrazó, y lo felicitó. Giuseppe le dijo que estaba orgulloso de él, y que lo admiraba. Giuseppe le dijo que lo quería mucho, y que lo apoyaba. Giuseppe le dijo que lo perdonaba, y que lo entendía.

Kofi se sintió aliviado, y se sintió feliz. Kofi se sintió querido, y se sintió apoyado. Kofi se sintió perdonado, y se sintió entendido.

Kofi le presentó a Giuseppe a los inmigrantes, y a los voluntarios. Kofi le contó a Giuseppe lo que hacía, y por qué lo hacía. Kofi le explicó a Giuseppe su labor, y su felicidad.

Giuseppe saludó a los inmigrantes, y a los voluntarios. Giuseppe les agradeció lo que hacían, y cómo lo hacían. Giuseppe les elogió su labor, y su felicidad.

Los inmigrantes y los voluntarios se alegraron de conocer a Giuseppe, y de saber que era el padre de Kofi. Los inmigrantes y los voluntarios le dijeron a Giuseppe que Kofi era un gran chico, y un gran profesor. Los inmigrantes y los voluntarios le dijeron a Giuseppe que Kofi les había ayudado mucho, y que Kofi les había hecho felices.

Giuseppe se sintió emocionado, y se sintió feliz. Giuseppe se sintió agradecido, y se sintió generoso. Giuseppe se sintió inspirado, y se hizo inspirador.

Giuseppe decidió que quería colaborar con esa obra, y con esa felicidad.

Giuseppe les propuso a los inmigrantes, y a los voluntarios, que lo acompañaran a su tienda de quesos. Giuseppe les dijo que les iba a regalar unos quesos, y que les iba a enseñar a Kofi y el queso: una lección

Los inmigrantes y los voluntarios aceptaron la propuesta de Giuseppe, y lo acompañaron a su tienda de quesos. Estaban intrigados por la sorpresa que les había prometido, y agradecidos por su generosidad. Estaban ilusionados por aprender a hacer queso, y por probar los quesos de Giuseppe. Estaban felices por compartir ese momento, y por estar con Kofi.

Giuseppe los recibió en su tienda, y los invitó a pasar. Les mostró su escaparate, donde había quesos de todos los tipos, formas, colores y sabores. Les explicó las características y las diferencias de cada queso, y les dejó que los tocaran, los olieran, y los probaran. Les contó la historia y el origen de cada queso, y les transmitió su pasión y su respeto por el queso. Les hizo sentir el placer y el arte del queso, y les hizo feliz con el queso.

Los inmigrantes y los voluntarios se quedaron impresionados con la variedad y la calidad de los quesos, y con la sabiduría y la simpatía de Giuseppe. Se deleitaron con el sabor y el aroma de los quesos, y con la historia y el origen de los quesos. Se maravillaron con el placer y el arte del queso, y con la pasión y el respeto de Giuseppe. Se sintieron atraídos y curiosos por el queso, y se hicieron felices con el queso.

Giuseppe les dijo que la sorpresa no había terminado, y que les tenía reservada otra cosa. Ahí se enteraron que les iba a enseñar a hacer queso, y que les iba a dar los ingredientes y los utensilios necesarios. Giuseppe les dijo que les iba a dar una lección, y que les iba a hacer una demostración.

Giuseppe los llevó a la parte trasera de la tienda, donde tenía su taller. Allí, había una gran olla, donde calentaba la leche. Había un termómetro, donde medía la temperatura. Había un colador, donde filtraba la leche. Había un recipiente, donde añadía el cuajo. Había un cuchillo, donde cortaba la cuajada. Había un molde, donde prensaba el queso. Había una salmuera, donde salaba el queso. Había una estantería, donde maduraba el queso.

Giuseppe les explicó el proceso de elaboración del queso, y les mostró los pasos a seguir, les dijo que la leche era el ingrediente principal, y que debía ser de buena calidad, y de origen animal. Les dijo que el cuajo era el agente coagulante, y que podía ser de origen animal, vegetal, o microbiano y que la cuajada era el producto resultante, y que debía ser cortada, prensada, y salada. Les contó que el queso era el producto final, y que debía ser moldeado, afinado, y conservado.

Giuseppe les hizo participar en la elaboración del queso, y les dejó hacer algunas tareas. les ayudó a calentar la leche, y a medir la temperatura. Les ayudó a filtrar la leche, y a añadir el cuajo, les ayudó a cortar la cuajada, y a prensar el queso. Aprendieron a salar el queso, y a moldearlo para lograr obtener un lindo queso.

Giuseppe les transmitió su experiencia, y su amor. Giuseppe les dio su apoyo, su amistad, y su amor.

Los inmigrantes y los voluntarios se divirtieron con la elaboración del queso, y se sintieron orgullosos de sus resultados. Se sorprendieron con el proceso del queso, y se interesaron por sus detalles. Se entusiasmaron con el producto del queso, y se impacientaron por su maduración. Se sintieron realizados con el queso, y se hicieron felices con el queso.

Kofi se sintió feliz de ver a sus amigos, y a su padre, disfrutando del queso, y de la vida. Kofi se sintió feliz de haberlos unido, y de haberlos ayudado, él se sintió feliz de haber hecho algo bueno, y de haber cambiado las cosas con una sensación de felicidad muy grande en su pecho.

Giuseppe les dijo – El queso que han creado es de ustedes, pueden llevárselo a sus casas, pueden compartirlo con sus familias. Ese queso que han hecho es una obra de arte y pueden disfrutarlo con sus sentidos. Disfrútenlo que es de ustedes para ustedes.-

Les agradeció su visita, y su colaboración, felicitó por su trabajo, y su aprendizaje, les deseó lo mejor, les abrazó y se despidió amablemente.

Los inmigrantes y los voluntarios se sintieron agradecidos con Giuseppe, y con Kofi. Se sintieron agradecidos por su generosidad, y por su sorpresa. Se sintieron agradecidos por su enseñanza, y por su lección. Se sintieron agradecidos por su queso, y por su vida.

Todos se fueron de la tienda de quesos, y se llevaron sus quesos. Se fueron contentos, y se hicieron felices. Se fueron unidos, y se hicieron uno.

Pero la sorpresa no había terminado, y la felicidad no había acabado. Porque al día siguiente, algo increíble ocurrió. Algo que nadie esperaba, y que todos celebraron. Algo que cambió la vida de Giuseppe, y de Kofi. Algo que cambió la vida de los inmigrantes, y de los voluntarios. Algo que cambió la vida de todos, y del queso.

Al día siguiente, cuando Giuseppe y Kofi abrieron la tienda de quesos, se encontraron con una multitud de personas, que esperaban en la puerta. Eran los vecinos y la gente de la ciudad, que habían venido a verlos. Eran los clientes y los amigos, que habían venido a apoyarlos. Eran los desconocidos y los curiosos, que habían venido a conocerlos.

Se quedaron asombrados, y se preguntaron qué pasaba. Giuseppe y Kofi se sintieron nerviosos, y se prepararon para lo peor, se sintieron confusos, y se buscaron la mirada.

Pero no tenían nada que temer, ni nada que esconder. Porque la gente que había venido, no había venido a criticarlos, ni a juzgarlos, ni a atacarlos. La gente que había venido, había venido a felicitarlos, y a admirarlos, y a quererlos. La gente que había venido, había venido a colaborar con ellos, y con su obra. La gente que había venido, había venido a aportar su grano de arena.

Porque la gente se había enterado de lo que habían hecho Giuseppe y Kofi, y de cómo habían ayudado a los inmigrantes. Porque la gente se había enterado de que Giuseppe y Kofi habían regalado quesos, y habían enseñado a hacer quesos. Porque la gente se había enterado de que Giuseppe y Kofi habían dado una lección, y habían hecho una demostración.

Y la gente se había sentido conmovida, y se había sentido inspirada. La gente se había sentido solidaria, y se había sentido generosa. La gente se había sentido feliz, y se había hecho feliz.

Las personas querían colaborar y habían traído ropas y alimentos, para donar a los inmigrantes. La gente había traído dinero y regalos, para donar a los voluntarios. La gente había traído leche y cuajo, para donar a Giuseppe y a Kofi. La gente había traído amor y alegría, para donar a todos.

La tienda se lleno de personas y el taller de quesos, de donaciones y de sonrisas. La gente había creado una fiesta, y una comunidad, de solidaridad y de alegría. La gente había hecho una obra, y una felicidad, de queso y de vida.

Giuseppe y Kofi se quedaron sin palabras, se sintieron sorprendidos, y se sintieron agradecidos. Giuseppe y Kofi se sintieron felices, y se hicieron felices.

Giuseppe y Kofi agradecieron a la gente, y les devolvieron las sonrisas. Giuseppe y Kofi aceptaron las donaciones, y les dieron las gracias. Giuseppe y Kofi se unieron a la fiesta, y les dieron la bienvenida.

Giuseppe y Kofi les contaron a la gente su historia, y les hablaron de su obra. Ellos les explicaron a la gente su labor, y les mostraron su queso, les transmitieron a la gente su pasión, y su amor.

La gente escuchó a Giuseppe y a Kofi, y se emocionó. La gente aprendió de Giuseppe y de Kofi, y se inspiró. La gente compartió con Giuseppe y con Kofi, y se unió.

La gente decidió que quería seguir colaborando con esa obra, y con esa felicidad. La gente decidió que quería seguir aportando su grano de arena, y su queso. La gente decidió que quería seguir haciendo algo, y cambiando las cosas.

La gente se comprometió a ayudar a los inmigrantes, y a los voluntarios. La gente se comprometió a visitar a Giuseppe y a Kofi, y a comprarles queso. La gente se comprometió a aprender a hacer queso, y a enseñar a hacer queso. La gente se comprometió a vivir el queso, y a amar el queso.

Y así fue como nació una nueva obra, y una nueva felicidad. Una obra que tenía sentido, y una felicidad que tenía sentido. Una obra que tenía sentido para la felicidad, y una felicidad que tenía sentido para la obra.

Y así fue como nació el queso de la felicidad. El queso de la felicidad era un queso que se hacía con leche de oveja, y con cuajo de cordero. Era un queso que se hacía con el sol, y con el viento. Era un queso que se hacía con el tiempo, y con el arte. Era un queso que se hacía con el queso, y con la vida.

El queso de la felicidad era un queso que se regalaba, y que se compartía. Era un queso que se enseñaba, y que se aprendía. Era un queso que se celebraba, y que se disfrutaba. Era un queso que se vivía, y que se amaba.

El queso de la felicidad era un queso que tenía un sabor y un aroma únicos, y que valía una fortuna. Era un queso que tenía un carácter y una personalidad propios, y que era una delicia. Era un queso que tenía una historia y un origen especiales, y que era una obra de arte. Era un queso que tenía una vida y una felicidad propias, y que era una obra de vida.

El queso de la felicidad era el queso de Giuseppe y de Kofi. El queso de Giuseppe y de Kofi era el queso de los inmigrantes y de los voluntarios. El queso de los inmigrantes y de los voluntarios era el queso de la gente y del mundo. El queso de la gente y del mundo era el queso de la felicidad.

SUPERACIÓN PERSONAL: TRIUNFÓ HACIENDO FELIZ A MILLONES DE LECTORES.

 Me llamo Christopher Little y les voy a contar la historia de Superación personal de J.K. Rowling, la autora de la serie de Harry Potter, una saga de fantasía que ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo. Pero antes de que yo descubriera su talento, ella tuvo que superar muchos obstáculos y dificultades.

Ella nació el 31 de julio de 1965 en Yate, cerca de Bristol, Inglaterra. Su padre era un ingeniero de aviones y su madre una técnica de química. Desde pequeña le gustaba leer e inventar historias. Su hermana menor, Dianne, era su primera oyente y crítica. Una de sus primeras historias se llamaba Rabbit y trataba sobre un conejo que tenía sarampión.

Cuando tenía nueve años, se mudó a Chepstow, en Gales. Allí conoció a Sean Harris, su mejor amigo, que le prestó su moto y le inspiró el personaje de Ron Weasley. También conoció a una profesora llamada Mrs Morgan, que le animó a escribir y le hizo sentir especial.

A los once años, entró en el instituto Wyedean, donde no era muy popular ni buena estudiante. Se sentía diferente e incomprendida. Se refugiaba en los libros y en su imaginación. Una vez, mientras viajaba en tren con su familia, vio unos cisnes negros en un río y se le ocurrió el nombre de una heroína: Hermione.

A los quince años, su madre fue diagnosticada con esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa que afecta al sistema nervioso. Fue un golpe muy duro para ella y para su familia. Su madre era su mejor amiga y su mayor apoyo. Su enfermedad influyó mucho en su forma de ver la vida y la muerte.


Después de terminar el instituto, estudió francés en la Universidad de Exeter. No le gustaba mucho la carrera ni el ambiente universitario. Prefería leer libros de literatura inglesa y escribir en sus ratos libres. Durante sus vacaciones, trabajó como au pair en París y visitó otros países europeos.

En 1986 se graduó y consiguió un trabajo como investigadora y secretaria bilingüe para Amnistía Internacional en Londres. Allí aprendió mucho sobre los derechos humanos y las injusticias que sufrían muchas personas en el mundo. También siguió escribiendo historias cortas que enviaba a distintas revistas, pero ninguna fue publicada.

En 1990 tuvo una idea que cambió su vida. Mientras viajaba en tren desde Manchester a Londres, se le ocurrió la historia de un niño que descubre que es mago y va a una escuela de magia llamada Hogwarts. Empezó a escribir febrilmente en un cuaderno todo lo que se le venía a la mente: los personajes, el argumento, el mundo mágico…

Ese mismo año, decidió mudarse a Portugal para trabajar como profesora de inglés. Allí conoció a Jorge Arantes, un periodista con quien se casó en 1992 y tuvo una hija, Jessica. Sin embargo, su matrimonio fue un fracaso y terminó en divorcio al año siguiente. Su exmarido le maltrataba física y psicológicamente.

En 1993 regresó al Reino Unido con su hija y una maleta llena de manuscritos. Se instaló en Edimburgo, donde vivían su hermana y algunos amigos. No tenía trabajo ni dinero. Dependía de la ayuda social para sobrevivir. Se sentía sola y deprimida. Llegó a pensar en suicidarse.

Pero no se rindió. Siguió escribiendo Harry Potter siempre que podía: en cafeterías, parques o bibliotecas públicas. Quería terminar el libro por sí misma y por su hija. Quería demostrarle al mundo que podía hacer algo bueno con su vida.

En 1995 terminó el primer libro: Harry Potter y la piedra filosofal. Lo envié a varias editoriales, pero todas lo rechazaron. Algunas le decían que el libro era demasiado largo o demasiado infantil. Otras ni siquiera le contestaban. Estuve a punto de perder la esperanza.


Pero en 1996, yo acepté representarla. Yo creí en su libro y lo envié a Bloomsbury, una editorial de Londres. Allí, el hijo de ocho años del director leyó el primer capítulo y pidió más. Eso convenció al director de publicar el libro.

En 1997 salió a la venta Harry Potter y la piedra filosofal con una tirada inicial de 500 ejemplares. El libro recibió buenas críticas y ganó varios premios literarios. Pronto se hizo popular entre los niños y los adultos. Se vendieron los derechos para traducirlo a otros idiomas y para hacer una película.

En 1998 publicó el segundo libro: Harry Potter y la cámara secreta. Ese mismo año, su madre murió a los 45 años. Fue el momento más triste de su vida. Le dediqué el libro en su memoria. También le dediqué el séptimo y último libro: Harry Potter y las reliquias de la muerte, que publiqué en 2007.

Entre 1999 y 2005 publiqué los otros cuatro libros de la serie: Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Harry Potter y el cáliz de fuego, Harry Potter y la orden del fénix y Harry Potter y el misterio del príncipe. Cada libro era más largo y más oscuro que el anterior. Los temas centrales eran la amistad, el amor, el valor y la lucha contra el mal.

La serie de Harry Potter se convirtió en un fenómeno mundial. Se vendieron más de 600 millones de ejemplares, se tradujeron a 84 idiomas y se hicieron ocho películas que recaudaron miles de millones de dólares. También se crearon videojuegos, parques temáticos, obras de teatro y productos derivados.


Ella pasó de ser una madre soltera pobre a ser una escritora famosa y rica. En 2008, Forbes la nombró la autora mejor pagada del mundo. Pero no se olvidó de sus orígenes ni de las personas que le ayudaron. Donó parte de su fortuna a causas benéficas, sobre todo relacionadas con la infancia, la educación y la salud.

En 2001 se casó con Neil Murray, un médico escocés con quien tuvo dos hijos más: David y Mackenzie. Viven en Escocia, donde sigue escribiendo libros para niños y para adultos. Algunos de sus libros son: Una vacante imprevista (2012), El canto del cuco (2013), El Ickabog (2020) y El cerdito navideño (2021).

Esta es su historia, la de una mujer que nunca dejó de soñar ni de escribir. La de una mujer que creó un mundo mágico que ha hecho feliz a mucha gente. La de una mujer que ha superado las adversidades con coraje y esperanza. Yo estoy orgulloso de ser su editor y su amigo.


Los secretos de Oprah Winfrey: cómo superó el rechazo para llegar a ser la reina de la televisión.

 Oprah Winfrey es una de las mujeres más influyentes y admiradas del mundo. Su historia es un ejemplo de superación, perseverancia y generosidad. Pero antes de llegar a ser la reina de la televisión, Oprah tuvo que enfrentarse a muchos obstáculos y sufrimientos.

Oprah nació en una pequeña comunidad rural de Misisipi, donde vivía con su abuela, una mujer pobre y analfabeta. Su madre era una adolescente soltera que la abandonó cuando era una bebé. Su padre era un soldado que no sabía de su existencia.



Desde muy pequeña, Oprah sufrió abusos sexuales y violencia por parte de varios hombres de su familia. Quedó embarazada a los 14 años, pero su bebé murió poco después de nacer. Se sintió culpable, avergonzada y sin esperanza.

Se escapó de casa y se fue a vivir con su padre en Nashville, donde encontró el amor y el apoyo que le faltaban. Su padre le enseñó a leer, a estudiar y a tener disciplina. Le inculcó el valor del trabajo y la educación.

Oprah empezó a trabajar como reportera de radio cuando estaba en la universidad. Ganó varios concursos de belleza y se destacó por su carisma y su talento para la comunicación. Se mudó a Baltimore, donde presentó un programa de televisión llamado People are talking, que tuvo mucho éxito.

Luego se trasladó a Chicago, donde condujo un espacio matinal que se convirtió en el número uno de la audiencia. Así nació The Oprah Winfrey Show, su propio programa de entrevistas que se emitió durante 25 años a nivel nacional y que la hizo famosa y millonaria.

Oprah Winfrey se caracterizó por su estilo cercano, honesto y empático con sus invitados y su público. Abordó temas sociales, culturales y personales, y promovió la lectura, la educación y la filantropía. Recibió numerosos premios y reconocimientos por su labor, tanto en el ámbito televisivo como en el cinematográfico y el literario.

Su vida está llena de anécdotas que reflejan su personalidad y su espíritu. Cuando era niña, le gustaba jugar a ser presentadora de televisión con una escoba como micrófono. Su abuela le decía que tenía que aprender a hacer las tareas domésticas, pero ella soñaba con un futuro diferente.

Cuando entrevistó al actor Tom Cruise en 2005, él saltó sobre el sofá del plató para expresar su amor por Katie Holmes. Este episodio se volvió viral y generó muchas bromas y parodias. Oprah dijo que fue uno de los momentos más locos de su carrera.

Cuando recibió el premio Cecil B. DeMille en los Globos de Oro de 2018, dio un emotivo discurso contra el acoso sexual y el racismo, y apoyó el movimiento Me Too. Su mensaje inspiró a muchas personas y provocó especulaciones sobre una posible candidatura presidencial. Oprah dijo que no tenía intención de entrar en política, pero que se sentía honrada por el apoyo.

Oprah Winfrey es una mujer que ha sabido transformar sus heridas en fortalezas, sus sueños en realidades y sus dones en beneficios para los demás. Es una fuente de inspiración para millones de personas que ven en ella un modelo a seguir y una amiga.



Bolita de Pelos, el cachorro de puma que encontraron unos niños en una escuela rural de Uruguay.

 La maestra Ana estaba sentada frente al escritor del blog, que había venido a entrevistarla sobre la increíble historia que había ocurrido en su escuela rural de Uruguay. Ana recordó con emoción cómo sus alumnos habían demostrado una gran solidaridad y valentía al rescatar a un cachorro de puma que se había perdido entre los pastos.



“Todo empezó hace unas semanas, cuando Laura, una de mis alumnas que es ciega, me contó que había escuchado un ruido extraño en el camino a la escuela. Ella siempre iba acompañada por sus compañeros, que la cuidaban y la guiaban con cariño. Ese día, decidieron investigar el origen del ruido y se encontraron con un pequeño animalito que parecía un gato, pero más grande y con manchas. Estaba solo y hambriento, así que los niños le dieron algo de comer y lo llevaron a la escuela. Lo escondieron en un rincón y le pusieron de nombre Bolita de Pelos. Lo alimentaron y lo mimaron durante una semana, sin decirme nada. Pensaban que era un gato abandonado y querían quedárselo.”


Ana hizo una pausa y sonrió al recordar la sorpresa que se llevó cuando descubrió el secreto de sus alumnos.

“Un día, entré al salón antes de que llegaran los niños y vi a un gato durmiendo en una caja. Me acerqué a acariciarlo y me di cuenta de que no era un gato común. Tenía las patas más largas, las orejas más puntiagudas y los colmillos más afilados. Era un puma bebé, una especie en peligro de extinción en nuestro país. Me quedé asombrada y preocupada. No sabía qué hacer. Llamé a la comisaría más cercana y les expliqué la situación. Me dijeron que enviarían a unos expertos para recoger al cachorro y llevarlo a un lugar seguro.”

Ana suspiró al recordar el momento en que se despidió de Bolita de Pelos.

“Cuando llegaron los niños, les conté la verdad sobre Bolita de Pelos y les expliqué que no podíamos quedarnos con él. Que era un animal salvaje que necesitaba vivir en su hábitat natural, con otros de su especie. Que lo habíamos ayudado mucho, pero que ahora debíamos dejarlo ir. Los niños se pusieron tristes, pero también entendieron. Le dieron un último abrazo a Bolita de Pelos y lo entregaron a los expertos, que se lo llevaron en una jaula. Fue un momento muy emotivo.”


Ana se secó una lágrima y miró al escritor del blog, que la escuchaba con atención.

“La historia no termina ahí. Al día siguiente, salió la noticia en los diarios, radio, televisión y  redes sociales de que unos niños habían rescatado a un cachorro de puma en una escuela rural de Uruguay. La gente se admiró de su gesto y los felicitó por su bondad. Los niños se convirtieron en los héroes de la historia. Y unos días después, recibimos una llamada de las autoridades, que nos contaron que Bolita de Pelos estaba bien y que lo habían llevado a un centro de rehabilitación para animales silvestres, donde recibiría todos los cuidados y la atención necesarios para volver a su entorno natural. Nos enviaron unas fotos de Bolita de Pelos jugando y nos invitaron a visitarlo cuando quisiéramos. Los niños se alegraron mucho y me pidieron que les prometiera que iríamos a verlo algún día.”

Ana terminó su relato con una sonrisa y le preguntó al escritor del blog si le había gustado.

“Me ha encantado”, le respondió él. “Es una historia maravillosa, llena de ternura y aventura. Gracias por compartirla conmigo.”

Ana le dio las gracias a él por interesarse por su escuela y por sus alumnos.

“Ellos son los verdaderos protagonistas”, dijo Ana. “Son unos niños extraordinarios, que me enseñan cada día el valor de la amistad, la solidaridad y el respeto por la naturaleza.”



Cómo un par de zapatos le cambió la vida a un niño descalzo (y le consiguió el mejor helado del mundo)

 Era un día de verano muy caluroso y Mateo tenía muchas ganas de comer un helado. Había ahorrado su dinero durante semanas para poder comprar el más grande y delicioso que hubiera en la heladería del barrio. Se puso su camiseta favorita, unos pantalones cortos y salió corriendo de su casa, sin preocuparse por ponerse los zapatos.

Llegó a la heladería en pocos minutos, sudando y sonriendo. Se acercó a la puerta y se dispuso a entrar, pero se encontró con un obstáculo inesperado: un cartel que decía “Prohibido entrar descalzo”. Mateo se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Miró sus pies desnudos y luego el cartel. No podía creerlo. ¿Por qué le impedían entrar a comprar un helado solo por no llevar zapatos? ¿Qué tenía de malo ir descalzo en verano?

Mateo sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Estaba a punto de darse la vuelta y marcharse, cuando oyó una voz detrás de él.

  • ¿Qué pasa, chico? ¿Por qué estás tan triste? – le preguntó una chica que estaba sentada en un banco, junto a un chico. Ambos tenían un helado en la mano y lo miraban con curiosidad.
  • Es que… – balbuceó Mateo – quiero comprar un helado, pero no me dejan entrar porque estoy descalzo.
  • ¿En serio? ¡Qué injusto! – exclamó la chica – ¿Y no tienes zapatos?
  • No… los dejé en casa. No pensé que fuera necesario.
  • Bueno, no te preocupes. Nosotros te ayudamos – dijo el chico, que se levantó del banco y se acercó a Mateo – Mira, yo te presto los míos. Son muy grandes para ti, pero te servirán para entrar.

El chico se quitó sus zapatos, que eran unos tenis enormes y coloridos, y se los dio a Mateo. Este los cogió con sorpresa y agradecimiento.

  • ¿De verdad? ¿Me los prestas? – preguntó Mateo.
  • Claro, no hay problema. Solo devuélvemelos cuando salgas, ¿vale?
  • Vale, vale. Muchas gracias – dijo Mateo, poniéndose los zapatos. Le quedaban tan grandes que parecía que llevaba dos barcos en los pies.

Mateo entró a la heladería con una sonrisa enorme. El dependiente lo miró con extrañeza, pero no le dijo nada. Mateo eligió el helado más grande y delicioso que había: uno de tres bolas de chocolate, vainilla y fresa, con sirope y almendras. Pagó con su dinero y salió feliz.

Al salir, devolvió los zapatos al chico y le dio las gracias otra vez.

  • No hay de qué, amigo – le dijo el chico – Disfruta de tu helado.
  • Sí, lo haré – dijo Mateo – Y gracias a ti también – le dijo a la chica.
  • De nada – le dijo ella – Que tengas un buen día.

Mateo se alejó del banco, comiendo su helado con gusto. Se sentía muy feliz y agradecido por haber encontrado a esos dos amigos tan generosos y simpáticos. Pensó que quizás algún día volvería a verlos y les invitaría a un helado. Mientras tanto, disfrutaba del suyo bajo el sol de verano.